La
existencia humana implica la presencia de ambas.
Y si
ayer nos referíamos a los poemas de muerte, hoy llega el turno de
los poemas de la vida.
Alguien
dijo que la vida es aquello que nos pasa mientras
estamos distraídos en otras cuestiones.
Lo
cierto es que la vida es todo los que nos ocurre, desde el día en que
nacimos hasta el segundo preciso en el que dejamos de respirar.
Sin
embargo, la frase hace referencia a algo que es muy común, sobre todo en épocas
de vorágine como las actuales: las obligaciones y preocupaciones cotidianas no
dejan tiempo ni espacio para ocuparnos de lo que verdaderamente nos
interesa y disfrutamos.
Solemos
relegar a los amigos por falta de tiempo, distanciarnos de la familia por culpa
del trabajo y olvidarnos de la recreación por infinitos motivos.
La vida
se transforma a veces en supervivencia.
Podemos
preguntarnos qué hemos hecho hoy que realmente nos haya llenado el alma… y
pasar varios minutos en silencio.
Por eso
es importante rescatar el valor de las pequeñas cosas y de los detalles
minúsculos que forman nuestra vida diaria, para aprender a disfrutarlos.
Tenemos
que saber hacernos dueños de nuestras propias vidas, y esto no quiere
decir que podamos hacer lo que nuestra voluntad dicte, sin obligaciones ni
responsabilidades.
Simplemente,
saber que esto que estamos pasando día a día en nuestra única existencia.
Valorémosla
y hagámosla digna de ser vivida.

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