El único enemigo a quien se debe temer es a uno mismo.
El miedo y la desconfianza en el futuro son madres funestas de
todos los fracasos, atraen las malas energías y con ellas el desastre.
Desterrar absolutamente de tu ánimo, por más motivos que
existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y
pobreza.
Huir como de la peste, no tratar a personas maldicientes,
viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e
inferiores, se trata de cambiar la
espiritual contextura de tu alma.
Es el único medio de cambiar tu destino, pues éste depende de
nuestros actos y pensamientos.
El azar no existe.
Haz todo el bien posible.
Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas
debilidades por ninguna persona.
Debes cuidar tus propias energías y huir de todo
sentimentalismo.
Hay que olvidar toda ofensa, más aún: esfuérzate por pensar bien
del mayor enemigo.
Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el
odio.
Destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos
y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en sí.
Esto fortifica enérgicamente el cerebro y el Espíritu y te
pondrá en contacto con las buenas influencias.
Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales.
Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir
a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas,
aprendas, sospeches o descubras.
Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien.
Jamás te creas solo ni débil, el único enemigo a quien debes
temer es a ti mismo.
El miedo y desconfianza en el futuro son
madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas
el desastre.
Jamás te quejes de nada, domina tus sentidos; huye tanto de la
humildad como de la vanidad.
La humildad te sustrae fuerzas y la vanidad es muy nociva.
El miedo y desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas el desastre.

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